MUJER – MADRE

Es curioso ver como en los diversos estadíos de la humanidad, la función biológica y fisiológica de la mujer, su capacidad de ser madre, ha sido condicionada y controlada por diversas ideologías. En muchas sociedades, se ha hecho de la maternidad un “sagrado deber” en donde la madre se convierte en heroína natural al “parir hijos para la patria”, aunque ahora este valor ha decrecido con la “explosión demográfica”. Según sea el desarrollo socioeconómico de los pueblos, éste valor crece o disminuye, se mitifica o desmitifica. Cuando era necesario repoblar la tierra, la esterilidad significaba una tragedia y la fecundidad un preciado Don Divino. En tiempos de guerra, las madres son llamadas a ocupar puestos en las fábricas de armamento, mientras sus hijos mueren en el frente; luego se refuerza la mística de la “maternidad” para que las madres vuelvan al hogar.

Esta “mítica de la maternidad” trasciende a otras funciones de la mujer y la limita en el campo laboral, educativo y político, facilitándosele estudios y trabajos que sean extensivos de su “capacidad maternal”, como maestra, enfermera, trabajadora social, secretaria, etc. Las mujeres casadas y con hijos tienen dificultades para encontrar trabajo, aunque se trate de mujeres profesionistas. A la maternidad se le han atribuido cualidades del Ser Humano en general, como propias de la “naturaleza de ser madre”, la entrega, la ternura, la generosidad, son valores humanos universales. Se ha superidealizado y eternizado la función de madre, por lo que muchas mujeres la tiene como único y último fin, cuando termina el periodo de crianza, la mujer siente que ya no tiene nada que hacer, o quiere prolongar en exceso su papel protector de madre, creando hijos superdependientes.

Se nos ha educado en la creencia de que el amor de madre es muy diferente a otras clases de amor, que es un instinto glorificado, que no comete errores, ni tiene dudas, ni ambivalencias, produciendo  un gran sentimiento de culpa en  las madres que sienten que aman a sus hijos, pero que a veces no gustan de su comportamiento, o se sienten agobiadas por la responsabilidad.

La tiranía de la noción del “instinto maternal”, se da cuando se idealiza la maternidad más allá de la capacidad humana. Esta carga hace sentir a muchas madres “antinaturales” o “malas madres”, al no sentir ese “instinto maternal” a cada instante.

La tarea de ser madre no es cuestión sólo de instinto, se habrá de completar con destrezas, emociones y deseos humanos, aprendidos de otros humanos. Cuando una madre no fue criada adecuadamente de pequeña, no sabrá conducirse con sus hijos. Para ejercer una buena maternidad, es preciso haber disfrutado de ella en la niñez.

Las mujeres desean ser madres por muchísimas razones, es una de las cosas propias de su sexo, pero se dan también la idea de que se es mujer plena, sólo si se es madre.

A menudo se hayan en guerra, la mujer y la madre, entre sí, dentro del mismo cuerpo, los anhelos y aspiraciones de la mujer, con los deberes de la maternidad.

Esta disyuntiva se debe terminar. A medida que el mundo cambia, y el lugar de las mujeres en él, las madres conscientemente deben presentar a sus hijas la elección de Ser Personas completas, y no, mujer o madre. No verse a sí mismas como “una madre”, sino como una persona, que desarrolla una labor, una persona con sexualidad propia, una mujer. No es necesario tener una profesión, no es preciso tener alta inteligencia, ni ser presidente de una asociación, para poseer esta existencia integrada.

Actualmente, las vidas de las mujeres están cambiando a un ritmo y por una necesidad, que nosotras no podemos controlar, aunque quisiéramos. Sobre ellas se ejercen presiones distintas de las que supone el “Instinto maternal”, (económicas y sociales), por lo tanto, es importante que se ubique claramente la función de madre, por elección, que se valore en su justo término, sin manipulaciones y exageraciones que repercutan en la seguridad y desarrollo de las mujeres.

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