MISIÓN DE LA MADRE: ¿EDUCAR O DOMESTICAR?

¡Qué aprenda a obedecer! es el grito de muchas madres, para justificar sus actitudes violentas frente al hijo, se quiere que el niño, ante cualquier orden permanezca pasivo, sin considerar innata su deseo de aprender y experimentar.

¡No toques! ¡No grites! ¡No preguntes! no, no, no, parece ser el vocabulario que más oye el niño; desde pequeño se les restringen las posibilidades de conocer el mundo al no permitirles explorar la realidad. Se les imponen una serie de normas, prohibiciones y “etiquetas” que los asfixian, pero que los ponen “sobre los rieles de la sociedad”, para que caminan uniformemente, anulando su personalidad que es única e irrepetible.

Es muy difícil ser una “buena madre”, a veces se cree que al engendrar un hijo, por el “instinto maternal”, va a darse la sabiduría, paciencia y amor que se necesita para educarlo. Para ser madre jamás se estudia y en la práctica vemos a muchas madres inseguras de su actitud, pues ellas mismas carecen de una experiencia positiva como hijas, ya que no siempre recibieron el cariño y la atención adecuada de sus respectivas madres.

La angustia por el cuidado de los hijos, ante peligros y enfermedades, lleva a la madre, en muchas ocasiones, a exagerar las medidas de seguridad, impidiendo la oportunidad del niño para explorar la vida más libremente.

Conseguir un equilibrio entre la necesaria protección de los hijos y la facilitación de su desarrollo integral, sin caer en exageradas prohibiciones que los inhiben y los domestican, es tarea tremendamente difícil, se necesita sensibilidad y habilidad para lograrlo.

Cuantos errores se cometen en nombre de la educación, cuantas regañinas y humillaciones se les infringen a los niños, con el pretexto de protegerlos. El ver al niño como una propiedad, es fuente de múltiples injusticias. Jalil Gibran dice: “Vuestros niños no son vuestros… vienen a través de vosotros, pero no provienen de vosotros y aunque están con vosotros no os pertenecen”.

Muchas madre se creen con el derecho de castigar o amonestar a un hijo, porque lo sienten de su propiedad, sin comprender que su misión es de acompañarlos, y orientarlos en su proceso de convertirse en persona y no la de, viéndolos como una coa de su pertenencia, moldearlos a la fuerza y convertirlos en “animalitos domesticados”.

Claro que son muchas las presiones a las que se ve sometida la madre y es poco comprendida. La relación con el esposo no siempre es la adecuada y aunque teóricamente entre los dos está unificado el control, en la práctica ellos a menudo están en desacuerdo. Esto abre el camino para una lucha de poder entre los padres, y los hijos lo aprovechan a veces, usando estrategias sutiles para poner a los padres uno contra el otro, inconscientemente. Por lo tanto la autoridad paterna ya no es tan fuerte y debilita el control, propiciándose peleas continuas. Ante esto, los padres alternan, entre ser muy firmes y ceder a las demandas, dándose inestabilidad en la familia.

 

Artículo elaborado por: Ma. Teresa González Alcocer