LA SEXUALIDAD Y LA MUJER

El ser humano no se distingue del animal únicamente por su intelecto, sino por sus cualidades afectivas, aunque fisiológicamente no esté demostrado el sector del cerebro que las regula, y pase a ser un problema psicológico de la naturaleza humana.

Hay ciertos deseos impulsivos que conllevan avidez, es decir, tratar de alcanzar una meta por un impulso, como por ejemplo el desequilibrio fisiológico que produce el deseo ávido de comida, bebida, etc., y al satisfacerse este deseo, desaparece la avidez. Hay otro tipo de avidez producido por un desequilibrio psicológico, especialmente por angustia, soledad, inseguridad, falta de identidad, etc., que se trata de aliviar consiguiendo satisfacer deseos como el del alimento, el sexual, el de poder, el de fama, etc. Este tipo de avidez es insaciable generalmente. Este sentir ávido es egocéntrico, o sea, cuando la persona quiere algo exclusivamente para ella, y aquello con que satisface su deseo es solo un medio para sus propios fines.

Esto resulta sin problema tratándose de hambre o sed, pero no cuando se trata de apetito sexual en su forma ávida, en donde la otra persona es primariamente un objeto. En cambio en el sentir no ávido, la persona puede desprenderse de ella misma, no está compulsivamente prendida a lo que tiene y a lo que quiere tener, sino que está abierta a responder. La experiencia sexual con avidez egocéntrica puede llegar a ser simplemente placentera de un modo sensitivo, estimulada fisiológicamente, sin intimidad afectiva, o sea “animalizada”. Lo opuesto a esta clase de deseo sexual, es cuando el amor crea el deseo sexual y se caracteriza por un profundo sentimiento recíproco de amor: interés, conocimiento, intimidad y responsabilidad, una profunda experiencia humana.

La sociedad, en sus diferentes civilizaciones, ha inculcado creencias destructivas en hombres y mujeres, respecto a la sexualidad, que deforman y denigran al ser humano. El utilizar a la mujer como objeto sexual en propagandas comerciales y literatura pornográfica, ha contribuido a “animalizar” la sexualidad. La definición masculina de virilidad que hace de la mujer una presa, es una mutilación de la potencialidad humana de amor verdadero, lo mismo para el hombre como para la mujer, suponiendo a la mujer como simple objeto de placer.

En la práctica de la prostitución, ya sea que una ley la ponga bajo vigilancia policial, o que se dé en la clandestinidad, la mujer es tratada siempre como paria, rebajada a “objeto”; en este comercio sexual son “animalizados” tanto el hombre como la mujer, aunque aquí entren otro tipo de motivos, como la necesidad económica de ellas, y la devaluación de su persona.

De como se enfoque la sexualidad va a depender la autocomprensión total que el hombre y la mujer tienen de sí. El sociólogo H. Schelsky, en un artículo titulado “Sexualidad como consumo”, indica en un preciso análisis, que en la sociedad tolerante, muchas veces “el comportamiento sexual cae bajo la influencia de los hábitos que se han adquirido en el uso de los bienes del consumo”…  Si la mujer es considerada, o se considera a sí misma un objeto de consumo, no tendrá reparo en realizar intercambio sexual “consumista” o animalizado.

Si en cambio, la mujer se considera persona humana con dignidad, igual a la del hombre, sujeto con capacidad afectiva como máxima cualidad, propiciará relaciones sexuales producto de verdadero amor y ternura, que se den dentro de un proceso de crecimiento e intimidad afectiva, sin avidez egocéntrica ni utilización del otro como “objeto”.

Es importante rescatar el verdadero sentido de la sexualidad, que representa el máximo nivel de comunión humana, del bombardeo ideológico propagandístico del hedonismo o de la supuesta revolución sexual.

Por: María Teresa González Alcocer.