LA MUJER Y SU IMAGEN

A lo largo de la historia la mujer ha sido más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana: un mito.

Desde las teogonías primitivas, hasta la actualidad, ha tenido una imagen ambivalente, ha sido elevada al altar de las deidades y ha aspirado al incienso de los devotos. Cuando no se la encierra en el fineceo (departamento que destinaban los griegos para la habitación de las mujeres), en el harem a compartir con otras el yugo de la esclavitud; cuando no se la marca con el sello de las prostitutas, se le ha sacralizado por la maternidad o se le ha dificultado la entrada a la política o al aula universitaria; se exalta su belleza, siendo musa de inspiración, según los momentos de la historia.

Aunque afortunadamente, las cosas han ido cambiando, todavía hay lastres de tradiciones muy arraigadas, producto de una inadecuada percepción de la mujer. Aún hoy existen una serie de condicionamientos culturales que llevan a la mujer a tener una imagen de sí misma impuesta desde afuera, más que una auto – imagen clara, resultado de una interiorización que le de conciencia de significado de su propia existencia.

Uno de esos condicionamientos importantes es la connotación social de su corporalidad. Aunque no se reconozca abiertamente, pero si como algo tácito, implícito, la sociedad valora a la mujer según su físico; entre mejor este su cuerpo (según los cánones sociales imperantes), más mujer “es”, más mujer se “siente”, se le imponen ideales de belleza que para cumplirlos, supone una serie de requisitos que la van haciendo consumista, la van “cosificando”, la convierten en objeto.

Así se consideran feos para la mujer los pies grandes, vigorosos, y se rinde culto al pie chiquito, que además deberán calzarse con incómodos zapatos puntiagudos y de tacón, en lugar de cómodo calzado que respete las leyes de la anatomía. Se usan las uñas largas y esmaltadas (aunque estorben para el trabajo), se aplaude a la cintura de avispa, y la esbeltez a toda costa, se inventan un gran número de artículos de maquillaje (¿camuflaje?) para que la mujer luzca “bella”, según tal o cual actriz cinematográfica. Hay que entregarle la propia cabellera a un estilista experto, para que la peine según el último grito de la moda.

Leyes dictadas, ¿Por quién? Aunque no se sepa, la mujer “tiene” que seguirlas para no sentirse relegada de esta sociedad, que alienta lo uniforme y frena lo original. Desde niña se le educa para ser “bella”; y gustarle a los hombres, difícilmente se les estimula para buscar su propio modelo de belleza o a crearse una estética propia que a ella le satisfaga.

Uno de los factores más importantes, que producen angustia en muchas mujeres, es el miedo a la vejez, porque si ella se siente valorada por su físico, se siente que “es” mujer cuando su cuerpo es “bello”; con el paso de los años, cuando la piel se marchita y el cuerpo se deteriora, le invade la angustia de “no ser” deja de “sentirse mujer”, siente que su historia ya terminó y suspira por el pasado… ¡En mis buenos tiempos!… dice, como si el paso de los años no pudiera dar plenitud si se viviera de otra manera.

En mayor o menor grado, desgraciadamente esto se da, pero no quiere decir que se deba seguir dando.

Con actitud consciente se puede evitar que el concepto cultural del aspecto físico de la mujer le condicione su autoimagen, produciéndole inseguridad y despersonalización.

Sabemos cuán importante es para el adecuado desarrollo humano, mantener el propio cuerpo, sano, ágil y vital; pero también sabemos cuán destructivo puede ser para la persona, ser alguien diferente de “si misma”, un ente pasivo, alienado por la publicidad y esclavizado por la competencia y cuán enriquecedor es aceptar el reto de asumir la propia vida, para conducirla hacia modelos propios tanto en la externo como en lo interno, creando una autoimagen, propia y única.

En la medida en que la mujer se perciba a sí misma como una totalidad, valore todas sus potencialidades y características de su ser, rescate ella misma el respeto por su dignidad, se romperá el círculo vicioso de los condicionamientos culturales, ya que uno de los factores más poderosos para el legado cultural, es la relación madre – hijo, en donde se hereda el sentido de identidad personal y se introyectan los patrones y esquemas del comportamiento del “ser femenino”.

Artículo elaborado por: Ma. Teresa González Alcocer.