LA MUJER FRENTE A UNA SOCIEDAD RACIONALISTA

En nuestra civilización occidental estamos viviendo una sociedad en donde se ha explotado la razón y el análisis (el pensar) y se ha quitado importancia y se ha menospreciado lo afectivo, el sentir.

En búsqueda de la verdad científica, el hombre dio con el conocimiento que podía utilizar para dominar a la naturaleza y tuvo en esto un éxito formidable. En ese proceso el hombre ha construido una sociedad mecanizada, dedicada a la máxima producción y al máximo consumo materiales y dirigida por máquinas y computadoras, donde el hombre mismo se ha convertido en parte de una maquinaria total y la sociedad apunta hacia mayores estadios de robotización, como han vaticinado en la literatura de ficción Orwell en “1984” y Aldous Huxley en “Un mundo feliz”. Parece ser que los seres humanos no tenemos más fines que producir y consumir más y más.

Las armas nucleares amenazan con destruirnos (ya existen las suficientes para acabar con el plante doscientas veces o más).  Pero el hincapié que el hombre ha hecho en la técnica y en el consumo material, usando sólo su razón, lo ha llevado a lo irracional: perder el contacto con él mismo y con la vida.

Al perder la fe en lo trascendente y los valores humanistas ligados a ella, se centró en los valores técnicos y materiales y dejo de tener capacidad de vivir experiencias emocionales profundas y de sentir alegría de vivir.

El hecho de que gran parte de la economía descansa en la producción de armas es un grave síntoma del sistema imperante. Según datos de la ONU, se gasta en el mundo 40 veces más en armas que en alimentos. El gasto mundial anual en guerras o en la preparación de conflictos se acerca a los 1,8 billones de dólares, siendo EE.UU. el país que más gasta, pese a la reducción de su presupuesto bélico.

Un sistema racionalista, frío, maquinizado, materializado, donde el más fuerte se aprovecha del más débil y se prefiere conquistar el espacio, antes que alimentar a millones de seres que mueren de hambre, con una falta asombrosa de humanidad.

Hay sin embargo una creciente insatisfacción con nuestra actual forma de vida. Los ricos y opulentos  han tenido ya la plena satisfacción material y han descubierto que el consumismo no les proporciona la felicidad prometida, los pobres y los oprimidos no han tenido la oportunidad de descubrirlo, aunque observan la falta de alegría de los que poseen todo lo que pueden desear.

Estamos en una época de automatización en donde el pensamiento humano esta reemplazado por el de las máquinas. Se han logrado elaborar máquinas que funcionan muchos más rápidamente y con mayor exactitud que el cerebro humano y podemos llegar a deshumanizar tanto al hombre que se convierta en una máquina sin sentimientos y sin ideas, estamos estructurando nuestra sociedad como un “muro” donde el hombre “es un ladrillo más en la pared”.

La mujer se enfrenta ante este mundo que ha explotado la razón y los conceptos y ha desdeñado los sentimientos y aunque no tiene mucho poder social, porque se le ha negado, ella sí puede llegar a cambiar este sistema.

En la mujer se cifran esperanzas para lograr una sociedad más humanizada; es ella la que puede, si se lo propone, dar un giro al rumbo que lleva la humanidad; lograr evitar que se siga haciendo del hombre un subordinado de las cosas y convertirse el mismo en una cosa.

La mujer, con una capacidad de gestar vida y su capacidad de amar, no debe concentrarse a producir un “discurso”, con una serie de conceptos que, aunque difieren en la forma a los del hombre, si sigan siendo las ideas frías carentes de sentimiento y afectividad. La mujer puede hacer despertar la compasión del amor, del sentido de la justicia y de la verdad, viviéndole en el cotidiano y desarrollando un ser femenino con auténtica conciencia social.

Si el hombre “racional” ha llevado a la humanidad a lo “irracional” ¿No será interesante que la mujer intente “globalizar” la vida, integrando la razón y el sentimiento, con una visión de conjunto?, una visión que no sólo analice, comprenda y explique el mundo, tomando un todo y dividiéndolo en partes y definiendo cada una de ellas, donde las personas y las cosas son consideradas por medio de su definición, sino captando el mundo en constante crecimiento y cambio, conforme va surgiendo, aprendiendo el proceso natural. Donde socialmente, las diferencias se vean como oportunidades y no como amenazas peligrosas o dañinas, con el intento por entrenar a todos para que piensen y actúen de forma similar, como robots (como en la educación de un niño que se considera que está “por encima” o “por debajo” del “promedio”, y que se tiene que ajustar). En un sistema donde se apaga la creatividad, se desperdicia y se pierde energía y se avanza cada vez más hacia un estado de “entropía” (menos vida), la mujer puede intentar cambiar el rumbo hacia condiciones de más vida y comunión, de más sensibilidad y tolerancia.

Puede, al humanizar la existencia, alcanzar la trascendencia, buscar la armonía en el proceso de ser persona humana y no máquina, ni robot. Estar a tono con el propio proceso interno, puede no ser lógico, ni racional ni objetivo, pero es un proceso multidimensional auténtico.

La mujer puede a través del amor, de la energía afectiva, del auténtico intercambio de igual a igual, infundir al mundo de un espíritu constructivo diferente, de respeto y creatividad.

Si el sistema masculino racionalista nos lleva a la destrucción, a las mujeres nos toca cambiar el sistema y proponer otro que lleve a mayores estados de humanismo y evolución.

María Teresa González Alcocer

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