La inseguridad en la mujer

Las condiciones específicas de la cultura en que vivimos engendran una serie de trastornos de la personalidad en los seres humanos, además de los causados por las experiencias particulares de cada individuo. Concretamente observamos en la mujer características especiales que son producto de condicionamientos culturales muy arraigados en nuestra sociedad. Una de estas características es la INSEGURIDAD, es decir, la falta de auto afirmación y el sentimiento de incapacidad para ciertas tareas específicas, sobre todo en la dinámica social.

Decir que es condicionamiento cultural la inseguridad femenina, parecería restarle responsabilidad personal a la mujer que la padece, ya que la inseguridad es comportamiento humano universal, es decir que cualquier ser humano lo puede padecer, pero no es así. Decimos que la inseguridad toma en la mujer características especiales y está condicionada socialmente, por la supremacía masculina que se ha vivido a través de la historia, pero que es algo que puede y debe modificarse para lograr, por el hombre y la mujer, una personalidad más equilibrada y realizaciones concretas.

La sensación de inseguridad interior, el sentimiento de inferioridad o inadecuación en la mujer, es algo muy común que observamos frecuentemente: el caso de la profesionista, con inteligencia normal y con los estudios adecuados, que se siente insegura de desempeñar su profesión, la empleada que no se siente capaz de subir de puesto, el ama de casa que constantemente siente que no puede “llevar bien” a sus hijos, la ejecutiva que ve “normal” que sus compañeros varones obtengan mayores salarios, etc.

A la mayoría, desde niñas se les acostumbra a ver a los hombres como superiores, como más aptos para las profesiones. Por lo general se le educa en un esquema de dependencia y sometimiento con respecto al hombre. Se les enseña a tener seguridad al apegarse a un hombre (padre, esposo, jefe, hermanos, etc.). Sienten temor de estar solas, estar “unidas” con alguien (un hombre) les parece asegurar su supervivencia, se piensa que sólo se obtiene la salvación con la ayuda de un intermediario entre el “mundo interior” y el “mundo exterior”, un ser “superior por naturaleza” que intercederá por ellas ¿Cuántas mujeres se sienten incompletas sin pareja, recurren a los hombres para que les proporcionen plenitud y cuando la relación falla se echan la culpa y se sienten todavía peor? y ¿Para cuántas mujeres el casarse es la principal finalidad en su vida?

Por supuesto que la vivencia de amor en pareja es lo ideal, lo absurdo es querer atribuirle a otro la “obligación” de darle “plenitud”, si no se es capaz de generarla por sí misma y si no se es capaz de mantener la propia sobrevivencia, para después compartir lo propio con el compañero y viceversa.

La mujer tiene una tendencia a no confiar en las propias percepciones, a menos que concuerden con las del sistema vigente. Cuando alguien les dice que están “fuera de onda”, o que sencillamente “no entienden cómo son las cosas”, la mayoría de las mujeres le dan la espalda a su inteligencia y se esfuerzan por demostrar que ven las cosas de la misma manera que los demás.

Así pues, niegan su forma de ver el mundo o sus valores con el fin de ganarse reconocimiento y aprobación masculinos o inventan excusas que duran toda una vida, para explicar su falta de plenitud. Con el objetivo de conseguir aceptación, se comportan como la tradicional mujer “idónea” o bien tratan de ser “como los hombres”, sobre todo esto último entre profesionistas. Esta actitud suele ser contraproducente: si se tiene demasiado éxito, son castigadas, si son inteligentes, nunca deben de serlo tanto que amenace al varón, si son competentes, esto nunca debe opacar la de los hombres.

Se les tiene en una continua vigilancia que tiende a mantenerlas en un estado de infantilismo, que se manifiesta hasta en las mujeres que reciben una educación superior. La mujer se encuentra frecuentemente ante la obligación de basar tanto su equilibrio como sus progresos en la aprobación del varón, en cuyas manos está el poder.

La inseguridad femenina es devastadora para su personalidad, le produce infelicidad y sufrimiento, tal vez culpan de su desdicha a algún problema de carácter, intentan convencerse de que no son lo suficientemente comprensivas o elegantes o que les falta belleza o gracia, algunas inventan excusas que duran toda una vida para explicar su falta de plenitud: “tal vez no me escuchan porque tengo las piernas flacas” o “tengo una personalidad desagradable”, etc. Una serie de autocastigos y auto devaluación, que se agudiza cuando pretenden “pescar” a un hombre y no lo consiguen, aquí se pone en jaque su personalidad insegura. La verdad es que el ser mujer en esta sociedad masculinizada, la condiciona a ser insegura, a no ser el “si misma” que es, por temor a no ser aprobada o amada. En este afán, las otras mujeres aparecen como competidoras y se desata una guerra sórdida entre todas, aunque en el fondo se crea que las otras mujeres son las exitosas, viéndose a sí mismas  como las únicas torpes e incapacitadas, sin ver lo común de las experiencias.

Por los valores que se mueven en la sociedad, basados en estereotipos femeninos, se generan rivalidades entre las mujeres, que les producen mayor inseguridad: la mujer madura se siente insegura frente a la joven, la sencilla frente a la “elegante”, la pobre frente a la rica, el ama de casa frente a la profesionista, sin valorarse a sí mismas, cada una, sin mostrar la más mínima solidaridad frente a los problemas comunes.

La inseguridad proviene de la falta de autoestima, autovaloración y auto afirmación que ha desarrollado la mujer tradicionalmente. En esta época de constante crisis, es urgente que la mujer se concientice de su propia y original “manera de ser” y “entender el mundo” y que su actuar no sea obstaculizado por culpas, angustias y vergüenzas y que aumente su participación social, aprendiendo a ser, frente a los problemas, con plena seguridad, como persona auténtica y no como meras reacciones inconscientes de conformidad con la mayoría.

Que la seguridad interior la obtendrá en la medida en que se conozca, se acepte y valorice más a ella misma, haciendo a un lado las tradiciones culturales que no le sirven para evolucionar, sintiéndose en igualdad esencial con el hombre, que luche por no dejarse condicionar negativamente y se acepte por ser un ser humano en plenitud.

                                                                                                            Ma. Teresa González Alcocer